Cada niño es un inquieto soñador, aventurero descubridor, que aislado de los problemas de su entorno vive y crece en su mundo ideal; sin embargo, somos los adultos quienes con nuestras acciones, creencias y percepciones nos encargamos de estropear sus realidades y romper el cristal de inocencia- Concebimos la idea y cultura que los menores de edad deben estar sometidos al mando del adulto, y con tal albedrío se ha permitido coartar sus derechos y limitar su libertad.
En esta Obra se procura crear sensibilidad en los operadores de justicia para que miren al adolescente infractor como un ser humano en formación al que se
debe proteger, mas no castigar; bajo el comprendido que el contacto con el sistema de justicia penal perjudica al menor de edad al limitar sus posibilidades de convertirse en adultos responsables.
Se hace énfasis que, cuando se trata de derechos de niños, niñas y adolescentes todo adulto, sea padre, madre, cuidador, tutor, autoridad o agente del Estado, debe asumir imperativamente la defensa del interés legítimo de cada menor de edad; bajo la premisa que no sólo es aplicar la norma sino hacer justicia.
Si hablamos de derechos, necesitamos acciones que ayuden a crear instrumentos que habiliten a cada niño, niña y adolescente a ejercitarlos.